Complejo esto de las abducciones, de los platos voladores y las ausencias anunciadas, aunque sea sólo por la expectativa y esa profunda necesidad de comunicar de dos compañeros de viaje... La ausencia fue desde un evento que poco he masticado todavía, pero que claramente algo dejó, algo a fondo: estas últimas tres semanas me he tenido que dedicar a cumplir la función de "médico de la familia", ante la falta de un galeno de verdad que enfrentara a la gaya ciencia para arrebatarle de entre sus garras a mi anciana abuela. La enfermedad. Nuestro leit motiv podría argüir uno de ustedes. Pero más me parece la excusa perfecta para lograr lo que 11 años de buenas intenciones no habían logrado: el perdón, la vuelta a casa, el reencuentro. Naciendo del dolor y del miedo de la pérdida definitiva, el núcleo familiar vuelve a rearmarse, con todos sus componentes intactos, con las arrugas de miles de amaneceres reiterativos, algunos presa de la rutina, otros reconstruyendo el futuro.
Entonces se abren dos líneas argumentales de las que hay que hacerse cargo: por un lado, la enfermedad como eje del futuro... ¿o será mejor atribuirle ese sitial a la "sanación? ¿O -mejor aún- tan sólo al acompañar en el camino que occidente nos ha enseñado a aborrecer y temer con toda nuestra fuerza? Mucha neblina entre los conceptos y este tecleo absurdo... Y veo a los ojos a la señora de don Sergio, ese paciente que me enseñó que la muerte tiene algo de fiesta, mucho de incierto, muchas caras pero una sola certeza: la de que -desde paje a rey- todos compartiremos la barca... De cada cual depende desde que lado subimos a ella...
Y la otra, que creo que es la que de verdad quiere salir de esta cabeza-confusa-y-pseudoliteraria: la familia, la raíz y el origen, Ítaca que algún día terminará de incorporarse como un mundo onírico, sobre todo cuando los actores ya estén fuera de escena, con algunos cuantos metros cúbicos de frazada. La familia que empezará a vivir eternamente en este reducto inviolable de mi propia mente. Y con la punta de los dedos rozo ese misterio que años de educación apostólica romana intentaron grabar con brasas en mi cuero, y que en un arranque de libertad terminé de interpretar: esa vida eterna es la de la eterna promesa, porque en cada palabra, cada gesto mínimo, la forma de mirar el mundo, el grito desgarrado del dolor, el daguerrotipo de la muerte, en todo... En todo se esconde una profunda verdad: la vida eterna existe desde que existe nuestra descendencia, desde que cada partícula de nuestra corporalidad se destruye, vuelve a la esencia, a ser energìa pura, y se reintegra al cosmos para volver a este flujo eterno de energías, el karma de oriente vedado desde su definición a nuestro concepto hedonista e inmanentista de hombre occidental... Cuando vea una hoja caer de un arbol, un paisaje sobrecogedor, una sonrisa llena de amor, o simplemente oiga el llanto de un trozo de mis entralas que cobra vida propia; en cada uno de esos instantes se esconde la eternidad. Se esconde la verdadera vida eterna.
"La única forma de alcanzar la eternidad, es ahondando en el instante", E. Sábato.
ÍTACA.
Cuando emprendas el viaje hacia Itaca
ruega que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de descubrimientos.
A Legistrones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Legistrones y a Cíclopes, ni al fiero
Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.
Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosidades y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Más no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Itaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca. R
ico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Itacas."
Konstandinos Kavafis (1863-1933)
domingo, 27 de mayo de 2007
viernes, 4 de mayo de 2007
Carroza Fúnebre
Es difícil olvidar aquellos días que, por algún motivo, resaltan entre los tonos grises que colorean lo cotidiano en esta asquerosa capital. Uno de esos días se me viene ahora al celebro, un día en que un muerto me dio un tremendo abrazo, para después refregarme en la cara lo efímero de nuestra propia existencia. Estaba yo, en compañía de Némesis, cuando un texto llegó a mi carpeta. Era una entrevista hecha a Francisco Varela, neurobiólogo chileno que bailó un pie de cueca en la fonda que se armó abajito de la Torre Eiffel, apoderándose del CNRS (centro nacional de investigación científica francés). Bastaron dos párrafos para tener la certeza de que este tipo estaba transmitiendo desde otra galaxia. Y en cierta forma me sentí un astronauta enviado desde ese paraje distante. El tipo hablaba de cómo lo más profundo de nuestras mentes está conectado con nuestro cuerpo no en una dialéctica simple como se pretende, sino que en un "estar en contacto" de lo que él llama "múltiples identidades somáticas": la carne que cubre al hueso, así como el sistema inmune, millones de moléculas que están eternamente -si subyugamos dicho concepto a la angustiosa temporalidad del ser humano- tocando cada nanómetro de nuestro interior; todo conjugado con la mente, hecha palabra por medio de la conciencia, la gran caja negra que algún día espero desenvolver...
Pasaron pocos minutos y Némesis me dice: "lo vi en la tele el otro día, creo que ayer se murió de cáncer". (La típica imagen de desolación fílmica va ahora.)
Era cierto. Muerto sólo horas antes de haberlo descubierto. Una gran ironía de esta vida. Otra más.
Desde ahí empecé a buscar más sobre su vida y obra, hasta que finalmente terminé nutriendo mi propio discurrir pseudo-creativo con muchos de sus postulados. Un descubrimiento póstumo...
Y es aquí donde llego finalmente al motivo de este texto: los descubrimientos que nos deslumbran, que nos llevan a lugares donde no es posible acudir más que con esa reconstrucción mágica de lo real que nos permiten las palabras impresas, y más todavía las imágenes congeladas. Estaba escuchando una canción de Pedro Aznar y Alejandro Fillio, "en la sombra del Agua", que le cantaba a "Jaime"... Bastaron un par de clics para descubrir una avalancha de buena poesía, de esa que te cala hondo, que te dan ganas de susurrarle en el oído a ella mientras se está quedando dormida a tu lado, para finalmente rescatarla de la muerte y traerla de nuevo junto a ti. De eso se trataba todo esto: Ahí pasó/ la carroza fúnebre/ que esta vez iba de fiesta:/ no llevaba flores, ni caravana/ porque tu muerte no es más/ que una silenciosa invitación/ a hacerte eterno.
Los versos son de otro.
Á.
Jaime Sabinés, poeta Mexicano (1926-1999)
Yo no lo sé de cierto... (de Horal, 1950)
Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo).
No es nada de tu cuerpo
No es nada de tu cuerpo,
ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
No es tu boca -tu boca
que es igual que tu sexo-,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo, en que bebo.
No son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada -¿qué es una mirada?
-triste luz descarriada, paz sin dueño,
ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un pétalo,
ni una gota, ni un gramo, ni un momento:
Es sólo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.
http://www.sololiteratura.com/sab/sabobras.htm
(muchos de sus poemas)
http://www.columnasur.org/sabines.htm
(recitados en mp3)
Pasaron pocos minutos y Némesis me dice: "lo vi en la tele el otro día, creo que ayer se murió de cáncer". (La típica imagen de desolación fílmica va ahora.)
Era cierto. Muerto sólo horas antes de haberlo descubierto. Una gran ironía de esta vida. Otra más.
Desde ahí empecé a buscar más sobre su vida y obra, hasta que finalmente terminé nutriendo mi propio discurrir pseudo-creativo con muchos de sus postulados. Un descubrimiento póstumo...
Y es aquí donde llego finalmente al motivo de este texto: los descubrimientos que nos deslumbran, que nos llevan a lugares donde no es posible acudir más que con esa reconstrucción mágica de lo real que nos permiten las palabras impresas, y más todavía las imágenes congeladas. Estaba escuchando una canción de Pedro Aznar y Alejandro Fillio, "en la sombra del Agua", que le cantaba a "Jaime"... Bastaron un par de clics para descubrir una avalancha de buena poesía, de esa que te cala hondo, que te dan ganas de susurrarle en el oído a ella mientras se está quedando dormida a tu lado, para finalmente rescatarla de la muerte y traerla de nuevo junto a ti. De eso se trataba todo esto: Ahí pasó/ la carroza fúnebre/ que esta vez iba de fiesta:/ no llevaba flores, ni caravana/ porque tu muerte no es más/ que una silenciosa invitación/ a hacerte eterno.
Los versos son de otro.
Á.
Jaime Sabinés, poeta Mexicano (1926-1999)
Yo no lo sé de cierto... (de Horal, 1950)
Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo).
No es nada de tu cuerpo
No es nada de tu cuerpo,
ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
No es tu boca -tu boca
que es igual que tu sexo-,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo, en que bebo.
No son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada -¿qué es una mirada?
-triste luz descarriada, paz sin dueño,
ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un pétalo,
ni una gota, ni un gramo, ni un momento:
Es sólo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.
http://www.sololiteratura.com/sab/sabobras.htm
(muchos de sus poemas)
http://www.columnasur.org/sabines.htm
(recitados en mp3)
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